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RIFKIN, HE AHÍ EL DILEMA

RIFKIN

Por: Miguel Ángel Bettín Jaraba, director Comercial de Servinc LTDA.

En el pasado Congreso Nacional de Infraestructura, el presidente, Gustavo Petro, mencionó al sociólogo Jeremy Rifkin como un referente para la construcción de su política de infraestructura. Debo confesar que no había escuchado sobre este autor, por lo que rápidamente investigué su producción bibliográfica, dentro de la que destaca ‘La sociedad de costo marginal cero: El internet de las cosas’, ‘El procomún colaborativo y el eclipse del capitalismo’; ‘La Tercera revolución industrial: Cómo el poder lateral está transformando la energía, la economía y el mundo’ o ‘El fin del trabajo’, entre otros.


Rifkin estudió economía en Wharton y actualmente es profesor de la misma universidad. La curiosidad me llevó a comprar su último libro disponible en español, ‘El green new deal global’, por qué la civilización de los combustibles fósiles colapsará en torno a 2028 y el audaz plan económico para salvar la vida en la tierra. Encontré muy interesante un apartado del texto, el cual me cito a continuación, ya que permite entender parte del marco teórico en el cual se plantea el modelo de infraestructura que defiende el presidente Petro.

Unir la línea de puntos


“En el nivel profundo, la infraestructura es un vínculo tecnosocial que integra nuevas tecnologías de la comunicación, nuevas fuentes de energía, nuevos modelos de movilidad y logística, y nuevos entornos urbanísticos, lo que permitirá a las comunidades gestionar, alimentar y mover con más eficacia su actividad económica, su vida social y su gobierno. La tecnología de la comunicación es el cerebro que supervisa, coordina y gestiona el organismo económico. La energía es la sangre que circula por el cuerpo político, y ofrece el alimento que transforma el legado de la naturaleza en bienes y servicios que mantienen la economía viva en proceso de crecimiento. La movilidad y la logística son extensiones de nuestras extremidades, y permiten a las comunidades interactuar físicamente a través de ámbitos temporales y espaciales, y facilitar el movimiento de bienes, servicios y personas. (…) La infraestructura se asemeja a un inmenso organismo tecnológico que reúne a un número creciente de personas en una familia colectiva metafórica y extendida que participa en relaciones económicas, sociales y políticas más complejas”.

“Por ejemplo, pensemos en la Segunda Revolución Industrial del siglo XX como en un sistema nervioso tecnológico para gestionar los asuntos de un nuevo paradigma económico. Los Estados Unidos urbanos se electrificaron entre 1900 y el inicio de la Gran Depresión, en 1929; y la América rural, entre 1936 y 1949. La electrificación de las fábricas impulsó la era de la producción masiva, con el automóvil como eje central. (…) Se construyeron autopistas de cemento a través de vastas extensiones de Estados Unidos, que culminaron en el sistema de autovías -el mayor proyecto de obra pública en la historia del mundo-, que creó un sistema de carreteras continuo entre ambas costas”.

“(…) Para ser justos, la mayoría de los estadounidenses saben que muchas de las cosas de las que dependen en el día a día proceden de los dólares recaudados a través de los impuestos y de programas locales, estatales y federales: las escuelas públicas a las que van sus hijos, las carreteras por las que conducen, las torres de control del tráfico aéreo de las que dependen sus vuelos, el Servicio Meteorológico Nacional que los informa del clima local, los hospitales públicos que atienden a los enfermos, los departamentos de vehículos motorizados que registran sus coches, el Servicio Postal de Estados Unidos que entrega su correo y sus paquetes, los departamentos de bomberos y de policía que velan por su seguridad, las prisiones que custodian a los criminales convictos, la red hidráulica que abastece sus hogares y negocios, los departamentos de saneamiento que reciclan su basura”.


“Las encuestas a la opinión pública demuestran que, al menos en teoría, los estadounidenses están de acuerdo en invertir fondos federales, estatales y locales para mejorar las infraestructuras. Los detalles de cuánto dinero, en qué ha de invertirse y si el despliegue de las infraestructuras debe ser responsabilidad del Gobierno o estar en manos del mercado suscitan una reacción más dividida y enconada”

“En la Unión Europea, los ciudadanos reconocen la importancia de mantener una colaboración equilibrada entre el Gobierno y el mundo empresarial, y se valora mucho el papel del primero a la hora de aportar infraestructura pública y servicios de los que se benefician tanto la comunidad empresarial como el público en su vida cotidiana. Por esta razón, los contribuyentes europeos están dispuestos a respaldar unos impuestos más altos a cambio de las ventajas que les garantizan los servicios públicos, desde la sanidad universal hasta un sistema ferroviario de alta velocidad”.
 

“Por el contrario, dondequiera que miremos en Estados Unidos actualmente, las infraestructuras públicas presentan un lamentable estado de deterioro: carreteras, puentes, escuelas públi- cas, hospitales, transporte público, etcétera.
Cada cuatro años, la American Society of Civil Engineers (ASCE) publica un informe sobre el estado de las infraestructuras... En su informe de 2017, la ASCE puntuó las infraestructuras públicas de la nación con un paupérrimo D+. Señalando que la deteriorada infraestructura pública se está convirtiendo en una carga para la economía estadounidense y en una creciente amenaza para la salud, el bienestar y la seguridad de la nación”

“Esto se traduce en carreteras de mala calidad y un mayor tiempo de desplazamiento, retrasos en los aeropuertos, redes eléctricas obsoletas y un creciente desabastecimiento energético, sistemas de distribución del agua poco fiables, puentes derrumbados, averías en los sistemas de alcantarillado y problemas en otros muchos servicios públicos, todos los cuales «se traducen en mayores costes para la producción y la distribución de bienes y servicios». Según la ASCE, «este aumento en los costes recae, a su vez, en los trabajadores y en las familias»”.


“La ASCE estima que el continuado deterioro de la infraestructura de la nación costará al PIB de Estados Unidos 3,9 billones de dólares, y provocará 7 billones de dólares en pérdidas de ventas y la desaparición de 2,5 millones de empleos para 2025. Para que no quede ninguna duda de la magnitud de las pérdidas y del impacto que ya está teniendo en las familias estadounidenses, la ASCE lo estima así porque «el coste de la infraestructura deteriorada afecta a la renta de las familias e influye en la calidad y en la cantidad de empleos en la economía norteamericana [...], entre 2016 y 2025, cada hogar perderá 3.400 dólares al año en renta disponible»”.


“La historia nos dice que la vitalidad de una nación se mide por la voluntad de sus ciudadanos para sacrificar una parte de sus ingresos y de su riqueza para garantizar las infraestructuras y los servicios públicos mejoran la productividad, la salud y el bienestar general de su pueblo. Cuando este compromiso flaquea, es una señal de la decadencia y la caída de la nación. En gran medida, la frase retórica «Hagamos a América grande otra vez» suena hueca cuando un segmento considerable de la población no desea comprometerse con el futuro del país mediante el apoyo a la reconstrucción y la transformación de la infraestructura de la nación, anticipándose a las necesidades no solo de la presente generación, sino también de las venideras”.


Hasta aquí el extracto del libro. Es posible no compartir los argumentos expuestos o creer que están incompletos, sin embargo, es indudable que se plantean cuestiones interesantes, como la urgente necesidad de una infraestructura para estos tiempos. La inversión en infraestructura es un imperativo. Para llegar a la Tercera Revolución Industrial, debemos terminar la segunda, con el decidido apoyo del sector privado. El costo que implica en comparación con los beneficios que se esperan, es minúsculo. El rezago debe cerrarse lo antes posible, en el marco de esta nueva realidad global que necesita una acción decidida para salvar la vida en la tierra como la conocemos. En otro artículo, abordaremos la perspectiva de Rifkin acerca de ¿quién debe poseer las infraestructuras?